El instante del descubrimiento
Howard Carter llevaba quince años buscando en el Valle de los Reyes, cinco temporadas seguidas sin nada que mostrar, cuando el 4 de noviembre de 1922 un muchacho que acarreaba agua para el equipo tropezó con algo duro bajo la arena: un escalón tallado directamente en la roca.
Un sello que nadie había roto en tres mil años
Al día siguiente apareció la escalera completa: dieciséis peldaños que bajaban hasta una puerta enlucida con el sello de la Necrópolis Real. Carter volvió a cubrirla con arena y esperó diecisiete días a que su patrón, Lord Carnarvon, llegara desde Inglaterra. Cuando por fin retiraron la arena, el sello seguía intacto: nadie había entrado allí desde la Antigüedad.
«Cosas maravillosas»
El 26 de noviembre, Carter abrió un pequeño hueco en la puerta interior y acercó una vela. El aire caliente que escapó de la cámara hizo parpadear la llama; por un instante temió encontrarla vacía, saqueada. Entonces sus ojos se acostumbraron a la oscuridad y, al fondo, algo devolvió el brillo de la vela: oro. Cuando Lord Carnarvon le preguntó qué veía, Carter respondió con la frase que hoy es leyenda: «Cosas maravillosas». Sus notas de aquel mismo día registran una versión ligeramente distinta — la cita exacta sigue discutida por los historiadores, pero el instante fue real.
Detrás de esa puerta esperaban más de 5.000 objetos intactos, entre ellos la máscara de oro que hoy es el símbolo del Antiguo Egipto en el mundo entero.
¿Quieres vivirlo en persona?
Hoy ese tesoro se exhibe en el Gran Museo Egipcio. Te lo cuento todo con calma, frente a las piezas, como guía oficial de habla hispana.
