Los templos de Abu Simbel, tallados directamente en la roca hace más de 3.200 años por orden de Ramsés II, estuvieron a punto de desaparecer para siempre bajo las aguas en la década de 1960.
La amenaza de la presa de Asuán
La construcción de la Presa Alta de Asuán, y el enorme lago Nasser que formaría, iba a inundar por completo Abu Simbel. Ante el riesgo de perder uno de los monumentos más importantes del Antiguo Egipto, la UNESCO lanzó en 1960 una campaña internacional para salvarlo.
La solución fue tan audaz como asombrosa: entre 1964 y 1968, un equipo internacional de ingenieros cortó los templos en más de 1.000 bloques de piedra, de hasta 30 toneladas cada uno, y los reconstruyó pieza por pieza 65 metros más arriba y 200 metros más atrás de su ubicación original.

Un detalle que sigue funcionando
Increíblemente, se conservó incluso el fenómeno astronómico original: dos veces al año (el 22 de febrero y el 22 de octubre), el sol entra directamente en el templo e ilumina las estatuas del santuario interior, tal como ocurría hace más de tres milenios.
Hoy, los cuatro colosos de Ramsés II —de 20 metros de altura cada uno— siguen vigilando el desierto, gracias a una de las mayores hazañas de la ingeniería moderna.