Cuando Howard Carter abrió la tumba de Tutankamón en noviembre de 1922, encontró algo más que un tesoro casi intacto: sin saberlo, dio origen a una de las leyendas más persistentes de la arqueología moderna, la llamada "maldición de los faraones".
El origen del mito
Apenas unos meses después del hallazgo, en abril de 1923, Lord Carnarvon —el aristócrata británico que financió la excavación— murió en El Cairo tras infectarse la picadura de un mosquito, complicada después con una septicemia. La prensa sensacionalista de la época no tardó en relacionar su muerte con una supuesta inscripción hallada en la tumba que advertía: "la muerte llegará con alas veloces a quien perturbe el descanso del rey". En realidad, ningún arqueólogo presente documentó jamás semejante inscripción dentro de la cámara funeraria: fue una invención periodística que se propagó como un incendio, alimentada por escritores como Marie Corelli, que meses antes ya había advertido sobre terribles castigos para quien profanara tumbas egipcias.

Las muertes que alimentaron la leyenda
En los años siguientes, cada fallecimiento remotamente relacionado con la expedición se sumó a la lista negra de la "maldición": el radiólogo que examinó la momia, un familiar de Carnarvon e incluso, según cuenta la leyenda, el canario de Carter, devorado por una cobra el mismo día de la apertura de la tumba —una serpiente que, curiosamente, era símbolo de la realeza egipcia—. Los periódicos de todo el mundo publicaban titulares cada vez más alarmantes, y el mito creció hasta convertirse en parte de la cultura popular, inspirando décadas más tarde películas como "La Momia".
¿Qué dice la ciencia?
Los datos, sin embargo, cuentan una historia muy distinta. Un estudio publicado en 2002 en la revista British Medical Journal analizó la esperanza de vida de las 44 personas que estuvieron presentes durante la apertura de la tumba y no encontró ninguna diferencia estadísticamente significativa respecto a otros egiptólogos y visitantes de la época: la edad media de fallecimiento de quienes "desafiaron la maldición" rondó los 70 años. El propio Howard Carter, quien pasó más tiempo que nadie dentro de la tumba, murió de causas naturales en 1939, diecisiete años después del hallazgo, a los 64 años.
Otras teorías más científicas —como la presencia de esporas tóxicas de hongos o bacterias que pudieron acumularse en un espacio sellado durante más de tres milenios— tampoco han logrado demostrarse como causa real de ninguna muerte relacionada con la excavación. Hoy sabemos que la "maldición de Tutankamón" fue, sobre todo, un fenómeno mediático: una mezcla de coincidencias, sensacionalismo y la fascinación universal por lo desconocido. Pero conocer la verdad no le resta ni un ápice de misterio a la experiencia de asomarse, como hizo Carter, al interior de una tumba sellada hace más de 3.000 años. Casi un siglo después, la "maldición" sigue siendo, junto con la máscara de oro, uno de los grandes atractivos de Egipto: la prueba de que a veces la mejor historia no es la que ocurrió, sino la que contamos sobre ella.