El 4 de noviembre de 1922, el arqueólogo británico Howard Carter descubrió algo que cambiaría para siempre la egiptología: la tumba casi intacta de un faraón menor, prácticamente desconocido hasta entonces, llamado Tutankamón.
Un hallazgo casi milagroso
A diferencia de casi todas las demás tumbas reales, saqueadas en la Antigüedad, la de Tutankamón permaneció sellada durante más de 3.000 años. En su interior, Carter encontró más de 5.000 objetos: joyas, mobiliario, carros de guerra, estatuas... y, sobre todo, la icónica máscara funeraria de oro macizo.
Cuando le preguntaron qué veía al asomarse por primera vez a la cámara sellada, Carter respondió con una frase que hoy es célebre: "Cosas maravillosas".

El faraón niño
Tutankamón subió al trono con apenas 9 años y murió alrededor de los 19, sin haber logrado grandes hazañas políticas ni militares. Paradójicamente, esto lo convirtió en el faraón más famoso del mundo: no por lo que hizo en vida, sino por lo que dejó intacto en su muerte.
Gran parte de su tesoro se exhibe hoy en el Gran Museo Egipcio de Guiza, donde por primera vez en la historia se presenta la colección completa reunida en un solo lugar.